Hay un debate sobre la inteligencia artificial (IA) que lleva años planteándose de forma equivocada. Cada vez que se habla de IA en relación al mercado laboral, la conversación deriva hacia el mismo punto: cuántos empleos va a destruir la máquina. Es una pregunta legítima, pero es la pregunta equivocada.
La correcta es otra, y también es urgente: ¿quién va a ocupar los puestos de trabajo que dejarán libres los millones de trabajadores cualificados que se jubilarán en los próximos diez años? La generación del baby boom, la más numerosa de la historia demográfica española, ya empieza a jubilarse. Esto, además de suponer todo un reto para la industria financiera por el trasvase patrimonial que va a implicar, representa un punto de inflexión para nuestro sistema de pensiones.
Ni un repunte en la tasa de natalidad ni las políticas de inmigración serán suficientes para revertir esta tendencia antes de 2050, según el informe ‘Employment Outlook 2025’[1] de la OCDE, que apunta que un aumento en el número de nacimientos no impactaría en la población activa antes de ese año y que la inmigración puede amortiguar el problema, pero no resolverlo.
Ante este panorama, la aplicación eficaz de herramientas de IA ofrece una solución. Si cada trabajador produce significativamente más gracias a la IA, una economía puede sostener o incluso incrementar su nivel de actividad con una base laboral más reducida, según datos del McKinsey Global Institute[2] .
McKinsey lo resume con una ecuación que debería estar en el centro de todas las políticas económicas europeas: la única forma de contrarrestar la pérdida de productividad provocada por las jubilaciones es aumentar el número de trabajadores o incrementar la producción por trabajador. Es decir, o trabajan más personas o trabajamos mejor. La primera opción se complica ante el contexto demográfico, mientras que la segunda, gracias a la IA, está más cerca que nunca.
Por ello resulta llamativo que el debate político y mediático europeo se centre en regular los riesgos de la IA en lugar de acelerar su adopción. La regulación de cualquier tecnología emergente es necesaria, pero la inacción tiene un coste que se contabiliza en puntos de PIB, presión sobre las pensiones y deterioro de servicios públicos. Quizás el discurso cauteloso radique en el miedo a la destrucción de empleos, pues el 40[3] % de los empleadores ya planea recortar puestos que la IA pueda suplir, según ‘Future of Jobs Report 2025’ del Foro Económico Mundial.
No debemos desaprovechar una tecnología tan potente y de propósito general. La IA es aplicable a casi cualquier sector y función, capaz de multiplicar la capacidad productiva de cada persona. Y puede hacerlo no sólo en un sector, sino en todos, y lo hace a una velocidad sin precedentes. Del mismo modo que puede emplearse para suplir la falta de trabajadores cualificados, puede usarse, por ejemplo, para gestionar ese trasvase generacional de riqueza que antes mencionaba. Desde Natixis Investment Management estiman que hasta 84 bilones[4] de dólares pasarán a manos de cónyuges, herederos y otros beneficiarios durante los próximos 20 años. Una cantidad enorme de dinero que se podrá gestionar gracias a herramientas potenciadas con IA.
Las cartas están sobre la mesa. Europa envejece a una velocidad acelerada con sistemas de bienestar diseñados para una pirámide demográfica que ya no existe y mercados laborales que van a perder millones de trabajadores cualificados antes de 2040. La IA se presenta como la única herramienta de escala suficiente para compensar lo que viene.