Guillermo Domínguez
Apenas unos pasos separan el Estadio Santiago Bernabéu de uno de esos templos discretos donde el ruido se atenúa y manda lo esencial. En la calle Doctor Fleming, lejos de fuegos artificiales culinarios y modas pasajeras, Materia Prima lleva más de una década defendiendo una idea tan simple como poderosa: el producto es el protagonista y el cliente, quien decide. Un restaurante que no solo ha sabido hacerse un hueco en el siempre competitivo mapa gastronómico madrileño, sino que ha construido una identidad propia alrededor de una filosofía casi militante. Y en el centro de todo, la figura de Ricardo Garrastazu, empresario, anfitrión y alma de un proyecto que nació, curiosamente, de un gesto doméstico.

Materia Prima abrió sus puertas en septiembre de 2012 con un concepto que, entonces, sonaba casi revolucionario en Madrid: un restaurante-mercado donde el comensal elige qué come, cuánto come y cómo lo quiere. Nada de raciones cerradas ni de porciones impuestas por la carta. Aquí se puede pedir tres gambas cocidas o tres docenas de cigalas a la plancha. El límite no lo marca la cocina, sino el deseo —y el apetito— del cliente. Esa libertad, que hoy parece asumida, fue una de las claves de un éxito que se ha consolidado con el paso de los años.
El primer impacto llega nada más cruzar la puerta. Las vitrinas son una declaración de intenciones: pescados brillantes, mariscos aún con aroma de salitre, carnes nobles exhibidas sin complejos. Producto desnudo, sin trampas. Los pescados y mariscos llegan directamente de las lonjas de Isla Cristina y Ayamonte, garantía de frescura y regularidad, mientras que las carnes proceden de casas de prestigio como La Finca, un nombre que por sí solo tranquiliza al carnívoro más exigente. Materia Prima no oculta lo que tiene; al contrario, lo exhibe con orgullo.

Ricardo Garrastazu, el origen de una idea tan sencilla como radical
Detrás de esa idea tan clara está Ricardo Garrastazu, un empresario emprendedor y cercano que decidió crear el restaurante que él mismo echaba en falta. La chispa fue casi doméstica: cansado de que su mujer considerara excesivas las raciones en muchos restaurantes tradicionales, Garrastazu pensó en un espacio donde cada cual pudiera ajustar su experiencia a medida. Un gesto de amor convertido en modelo de negocio. “Que el cliente mande”, resume bien una filosofía que huye del paternalismo gastronómico y apuesta por la confianza.
Esa confianza se traduce también en la cocina, que no necesita disfraces ni técnicas invasivas para brillar. La propuesta culinaria de Materia Prima se apoya en la temporalidad y en el respeto absoluto al sabor original del producto. Las elaboraciones son sencillas, precisas, pensadas para acompañar y no para eclipsar. En los entrantes, las verduras y hortalizas tienen un peso específico: espárragos cuando toca, alcachofas en su punto, tomates que saben a tomate. Producto de verdad, tratado con mimo.

El mar es uno de los grandes pilares de la casa. Lubinas, rapes, bacalaos, gambas y mariscos de lonja desfilan por la parrilla o la plancha con una ejecución limpia, sin florituras innecesarias. Aquí no hay salsas que oculten errores ni técnicas que distraigan: el pescado se cocina lo justo, se sirve en su punto y se disfruta sin artificios. Esa honestidad es, paradójicamente, uno de los grandes lujos de Materia Prima.
Más allá de la lonja
Para los amantes de la carne, la oferta no se queda atrás. El steak tartar, preparado con respeto y equilibrio, se ha convertido en uno de los clásicos de la casa. Las carrilleras, tiernas y sabrosas, hablan de una cocina paciente, mientras que el lomo de vaca satisface a los más carnívoros sin necesidad de grandes discursos. Carne buena, bien tratada y servida cuando está en su mejor momento.
El concepto de mercado no se queda solo en la sala. Materia Prima ha sabido adaptarse a los nuevos hábitos sin traicionar su esencia gracias a un servicio de take away que permite llevarse a casa esa misma calidad de producto. Una extensión lógica de su filosofía: que el cliente disfrute del mejor género donde y como quiera.

El local acompaña sin imponerse. Es coqueto, elegante sin excesos, con una atmósfera que invita tanto a una comida de negocios como a una celebración tranquila. El servicio, otro de los puntos fuertes, mantiene ese equilibrio difícil entre profesionalidad y cercanía, algo cada vez menos frecuente en la restauración urbana. Aquí se asesora, se sugiere y se escucha.
La experiencia se completa con una bodega cuidada, pensada para acompañar sin robar protagonismo. Referencias bien seleccionadas, vinos que dialogan con el producto y precios coherentes con la filosofía de la casa. Y, por supuesto, el final dulce no decepciona. Los postres caseros son una tentación inevitable: la tarta fina de manzana, la siempre celebrada tarta de queso y una torrija con helado de coco que aporta un guiño original sin perder el equilibrio.
Buena relación calidad-precio
Con un precio medio en torno a los 50 euros, Materia Prima ofrece algo cada vez más raro en Madrid: la sensación de pagar por lo que realmente se come, sin sobresaltos ni decepciones. Quizá por eso el restaurante suele estar lleno, quizá por eso repite público fiel y atrae a nuevos curiosos. Porque más allá de modas y titulares, Materia Prima ha construido un discurso coherente, sostenido en el tiempo.

En un panorama gastronómico donde a menudo se confunde innovación con exceso, el proyecto de Ricardo Garrastazu recuerda una verdad elemental: cuando el producto es excelente y el cliente manda, el resto casi sobra. Materia Prima no necesita reinventarse cada temporada. Le basta con seguir haciendo bien lo que hace desde 2012: traer lo mejor del mercado a la mesa y dejar que el comensal decida. Y eso, en Madrid, es mucho decir.
