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Del taladro a la calma, o cómo el ‘Do It Yourself’ está transformando nuestros hogares

POR REDACCIÓN

Guillermo Domínguez

La primavera no solo entra por la ventana: también se construye. A golpe de taladro, de lija y de intuición. En una época marcada por el ruido, la prisa y la hiperconexión, el llamado Do It Yourself —o, simplemente, el placer de hacer cosas con las manos— se abre paso como una forma de reconectar con lo esencial. Crear, transformar, reutilizar. Y, por el camino, transformar también el espacio que habitamos… y cómo lo habitamos.

En ese contexto, la propuesta de Lidl a través de su marca PARKSIDE no va tanto de herramientas como de actitud. De perder el miedo a empezar. De asumir que no hace falta ser experto para convertir un balcón anodino en un pequeño refugio verde o una esquina olvidada en un rincón con alma. Basta con algo de tiempo, una idea —aunque sea imperfecta— y las herramientas adecuadas.

Porque el fenómeno DIY no es nuevo, pero sí está viviendo un segundo aire. Ya no se trata solo de ahorrar o de reparar: hay un componente emocional evidente. El orgullo de lo propio. La satisfacción de ver terminado algo que antes era solo una idea. Y, sobre todo, la capacidad de intervenir en el propio entorno sin depender de terceros. Un gesto pequeño, casi doméstico, pero con algo de reivindicación silenciosa.

Volver a hacer con las manos

Ahí entra el concepto de “ecourbanismo casero”. Una tendencia que mezcla sostenibilidad, diseño y sentido práctico. No se trata de tener un jardín —algo cada vez más inaccesible en entornos urbanos—, sino de reinterpretarlo. De llevarlo a escala: una terraza, un alféizar, un rincón del salón. Espacios mínimos convertidos en pulmones verdes.

La clave, según la experta en decoración y bricolaje Irene Echeverría, está en empezar sin miedo. “El DIY no solo transforma espacios, sino también cómo te sientes en ellos”, viene a defender. Y no es una frase vacía: hay algo casi terapéutico en el proceso. Lijar, pintar, ensamblar. Reducir el estrés a base de tareas manuales. Recuperar una cierta lentitud en un mundo acelerado.

El primer paso, casi siempre, es básico: construir un pequeño arsenal doméstico. Nada sofisticado, pero sí funcional. Un taladro, destornilladores, un martillo, una cinta métrica. Herramientas que, más que objetos, son una declaración de intenciones. A partir de ahí, el margen es tan amplio como la imaginación.

Pequeños proyectos, grandes cambios

Por ejemplo, rescatar una vieja mesa de exterior. Desmontarla, lijarla, darle una nueva capa de pintura. Un gesto sencillo que convierte lo viejo en algo distinto, casi nuevo. O construir un soporte para macetas con madera reciclada: una pieza funcional que, además, aporta carácter. Incluso una pequeña casita para pájaros, más simbólica que práctica, pero capaz de dotar de vida a cualquier terraza.

No se trata de grandes proyectos, sino de pequeñas intervenciones con impacto. De entender que el espacio doméstico no es algo estático, sino moldeable. Y que esa capacidad de transformación está, literalmente, en nuestras manos.

Pero el bricolaje es solo una parte del relato. La otra, igual de importante, es la vegetación. Porque no hay rincón verde sin plantas. Y aquí entra en juego otra idea clave: democratizar lo natural. Alejarlo de la etiqueta de lujo y acercarlo a lo cotidiano.

El verde como lenguaje

Plantas grandes para esquinas muertas. Composiciones en números impares para generar dinamismo. Mezcla de texturas, de alturas, de materiales. Terracota para lo orgánico, metal o cemento para lo contemporáneo. Pequeños trucos que, bien aplicados, cambian por completo la percepción del espacio.

La lógica es sencilla: no hace falta mucho, pero sí cierto criterio. Entender la luz, el espacio disponible, las necesidades de cada especie. Y, sobre todo, asumir que no todo tiene que ser perfecto. Que el encanto, muchas veces, está en lo imperfecto, en lo hecho a mano, en lo que tiene una pequeña historia detrás.

Al final, todo converge en una misma idea: habitar mejor. No más grande, no más caro, no más sofisticado. Mejor. Con más intención. Con más personalidad. Con más conexión con lo que nos rodea.

Habitar con intención

El auge del DIY tiene algo de reacción cultural. Frente a lo inmediato, lo elaborado. Frente a lo prefabricado, lo propio. Frente a lo impersonal, lo íntimo. Y, en ese sentido, propuestas como la de PARKSIDE no solo facilitan herramientas: abren la puerta a una forma distinta de relacionarse con el hogar.

Porque, en el fondo, no se trata de construir una mesa, un soporte o una casita para pájaros. Se trata de construir un espacio que se parezca un poco más a quien lo habita. Y eso —aunque empiece con un simple destornillador— no es poca cosa.

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