Guillermo Domínguez
En el marco institucional del acto de entrega de las acreditaciones a la XI Promoción de Embajadores Honorarios de la Marca España —en un acto celebrado a finales de marzo en el Palacio Real de El Pardo y presidido por Don Felipe VI—, la figura de Carme Ruscalleda trasciende el ámbito estrictamente gastronómico para situarse en el terreno del liderazgo, la cultura y la proyección internacional. Su nombramiento no es sólo un reconocimiento a una trayectoria excepcional —avalada por siete estrellas Michelin y tres soles Repsol—, sino también la confirmación de que la cocina se ha convertido en un vector estratégico de la marca país.
Ruscalleda recibe la distinción con una mezcla de orgullo y sentido de la responsabilidad. “Esa responsabilidad nos ha conducido hasta aquí”, afirma la chef catalana en una entrevista a CORPORATE, subrayando un concepto que vertebra tanto su discurso como su carrera: el respeto. Un respeto entendido en términos amplios, casi sistémicos, que abarca desde el producto hasta el consumidor final, pasando por proveedores, equipos y procesos.
Liderazgo basado en valores
En un entorno empresarial cada vez más orientado a la sostenibilidad y la trazabilidad, la visión de Ruscalleda conecta de manera natural con los principios del management contemporáneo. Su insistencia en el respeto no es retórica, sino una declaración de intenciones que se traduce en compromiso operativo. “Respeto por el producto, por quien te lo provee, por el equipo que te acompaña y por el público”, enumera. Una cadena de valor donde cada eslabón cuenta y donde la excelencia no es un objetivo aspiracional, sino un estándar mínimo.

No es casual que su discurso resuene con conceptos como gobernanza, cultura corporativa o reputación. En el fondo, su cocina funciona como una organización compleja en la que convergen creatividad, disciplina y propósito.
Excelencia como ventaja competitiva
Para Ruscalleda, la gastronomía —entendida en su sentido más estricto— es sinónimo de excelencia. “Si no es excelente, ya no es gastronomía”, sentencia. Una afirmación que, trasladada al ámbito empresarial, podría leerse como una defensa de la calidad frente a la mediocridad en mercados cada vez más saturados.
La chef catalana plantea un modelo donde el valor diferencial no reside únicamente en el producto, sino en la experiencia global. “El cliente no sólo viene a comer; viene a descubrir, a entender un discurso”, explica. En este sentido, equipara el restaurante de alta cocina con una obra creativa, comparable a una pieza teatral o musical. Una metáfora que encaja con las tendencias actuales de economía de la experiencia, donde las marcas ya no venden sólo bienes o servicios, sino relatos.
Innovación con identidad
Uno de los aspectos más relevantes de su intervención es la reivindicación de la tradición como palanca de innovación. Lejos de percibirla como un lastre, Ruscalleda la entiende como un activo estratégico. “Somos herederos de una cultura maravillosa”, afirma, recordando el ingenio de recetas nacidas en contextos de escasez. Esa herencia, explica, puede y debe reinterpretarse con las herramientas del presente: tecnología, conocimiento científico y nuevas técnicas.

El resultado es un modelo híbrido que combina autenticidad e innovación, una fórmula especialmente valiosa en términos de diferenciación internacional. En un mercado globalizado, donde la homogeneización es una amenaza constante, la identidad se convierte en ventaja competitiva.
Formación y cultura: la inversión a largo plazo
Más allá del corto plazo, Ruscalleda pone el foco en un desafío estructural: la educación gastronómica de las nuevas generaciones. Un tema que, en clave corporativa, podría interpretarse como inversión en capital humano. “A los jóvenes les llegan inputs que les desvían de lo que deberían comer”, advierte. Frente a ello, propone un esfuerzo consciente de “culturización”, entendida como la transmisión de ცოდimientos, hábitos y criterios.
El objetivo es claro: formar consumidores más informados, más exigentes y, en última instancia, más alineados con los valores de calidad y sostenibilidad. “Son los futuros consumidores”, recuerda, subrayando la importancia de actuar hoy para garantizar el posicionamiento de mañana.
Gastronomía y turismo: embajadores de la marca España
En su papel como embajadora, Ruscalleda incide también en la conexión entre gastronomía y turismo, dos sectores clave para la economía española. La cocina, sostiene, es una de las principales cartas de presentación del país. Sin embargo, advierte contra la tentación de caer en la complacencia. “No podemos pensar que, como vendrán más turistas, podemos dar cualquier cosa”, afirma con rotundidad.

En términos de marca, el mensaje es inequívoco: la consistencia es fundamental. Cada experiencia cuenta, y cada cliente —nacional o internacional— es un potencial prescriptor. “La gastronomía es nuestra postal de seducción”, resume.
Una embajadora con propósito
El perfil de Carme Ruscalleda encaja de forma natural en la figura del embajador contemporáneo: alguien capaz de representar no sólo un sector, sino un conjunto de valores. Excelencia, compromiso, identidad y visión a largo plazo. Su trayectoria demuestra que la cocina puede ser mucho más que un ámbito creativo: puede convertirse en un lenguaje universal, en una herramienta de diplomacia económica y en un motor de reputación internacional.
En un contexto donde las marcas —empresariales o nacionales— compiten por la atención y la confianza, voces como la suya aportan claridad. Porque, como ella misma recuerda, todo empieza por algo tan aparentemente simple como lo que comemos. Y, sin embargo, en esa aparente simplicidad, se juega mucho más de lo que parece. Se juega, en buena medida, la excelencia de un país.
