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Lavanderas: cocina viajera, tortilla cremosa y memoria del Manzanares en el nuevo refugio gastronómico de Arganzuela

POR REDACCIÓN

Tras el éxito de Peninsular, Juan Rincón, Leo Banchero y Araceli Escudero se embarcan en una segunda aventura hostelera con un restaurante que reivindica el barrio, los platos para compartir y una carta de vinos sin fronteras.

Por Guillermo Domínguez

Por mucho que cueste creerlo, Madrid todavía guarda barrios donde el tiempo parece discurrir de otra manera. En Arganzuela, entre las tabernas de toda la vida y nuevos espacios que buscan su sitio en el mapa gastronómico de la capital, la cocina también sirve para contar historias. En la calle de Arganda número 2, junto al río Manzanares, Lavanderas recupera en su nombre el recuerdo de aquellas mujeres que acudían al río a lavar la ropa y lo convierte en la seña de identidad de un proyecto con personalidad propia. Al frente están Juan Rincón, Leo Banchero y Araceli Escudero, tres socios que, después de poner en marcha Peninsular —hace ya dos años—, vuelven a apostar por la hostelería con una propuesta que invita a disfrutar de la mesa sin prisas, compartir buenos platos y dejarse llevar por el placer de comer.

La historia arranca con Leo Banchero, argentino de origen uruguayo, vecino de la zona y aficionado a la gastronomía. El también charrúa Juan, al que Banchero cariñosamente llama Juancito, acumulaba décadas de experiencia en la hostelería madrileña. Ambos detectaron que en el barrio había espacio para un establecimiento que no fuese estrictamente una tasca ni una cervecería, sino un lugar en el que sentarse a comer, compartir varios platos, tomar un buen vino y alargar la sobremesa sin mirar demasiado el reloj.

“Como consumidor, noté que faltaba un lugar que no fuera estrictamente tasca o cervecería, una cosa un poco más mezcla”, recuerda Banchero en una entrevista a CORPORATE. La idea era sencilla, aunque llevarla a la práctica tuviera bastante más complicación: encontrar un local, reunir financiación, construir una propuesta gastronómica y dar forma a un proyecto que tuviera personalidad propia.

La primera aventura fue Peninsular. La segunda, Lavanderas, llegó antes de lo que sus impulsores podían imaginar. Apenas seis o siete meses después de poner en marcha el primer restaurante, surgió la oportunidad de hacerse con el establecimiento que había ocupado Coppola, un negocio muy conocido en el barrio después de cuatro décadas de actividad. Julián, su propietario, quería jubilarse y contactó con los nuevos hosteleros para plantearles el relevo. Así fue cómo echó el cierre al mítico local en diciembre de 2025.

“Nos sentó bien la propuesta, le tenemos mucha fe al lugar, que está muy bien, y nos tiramos a la piscina”, cuenta Leo. El resultado es un restaurante que abrió sus puertas en abril de 2026 y que representa una nueva etapa para sus tres socios. Otra vez tocó empezar casi desde cero: financiación, obras, cocina, carta, permisos y organización. “Es casi como abrir dos restaurantes de primera”, reconoce Leo Banchero. La aventura empresarial, desde luego, no estaba hecha para los amantes de la tranquilidad.

Un nombre con memoria y mucho oficio

Lavanderas no es una palabra elegida al azar ni una ocurrencia estética para decorar una fachada. Es un homenaje a las mujeres que trabajaban junto al Manzanares, lavando ropa en unas condiciones durísimas que hoy cuesta imaginar. El recuerdo de aquel oficio, sacrificado y físicamente exigente, conecta el restaurante con la historia popular de esta parte de Madrid.

La referencia tiene, además, una relación directa con el entorno: aquellas lavanderas trabajaban en las inmediaciones del actual puente monumental de Arganzuela —conocido popularmente como puente de Perrault, al ser obra del prestigioso arquitecto francés Dominique Perrault—, muy cerca de donde se encuentra el establecimiento. Los socios querían rendir tributo a una actividad que formó parte de la vida cotidiana de la ciudad y, al mismo tiempo, establecer una relación con los vecinos que habían conocido el negocio anterior.

“Nos gustó el nombre, nos gustó la figura de este colectivo. Es muy específico, muy currela, muy sacrificado”, explica Banchero. La elección encierra también una pequeña lección de perspectiva para quienes se embarcan en la hostelería. “Esto nos va a costar sudor y lágrimas levantarlo”, pensaron al decidirse por el nombre.

Y quizá haya algo de ironía en esa comparación. Lavar la ropa a mano en las aguas frías del río, con las manos castigadas por las temperaturas y los productos utilizados para la colada, era un trabajo agotador. Abrir un restaurante también exige esfuerzo, cierto, pero pertenece a otra clase de sacrificios. El homenaje sirve, por tanto, para recordar el oficio de aquellas mujeres y para poner en contexto las dificultades de cualquier aventura empresarial.

La idea enlaza con la filosofía que ya habían seguido en Peninsular, cuyo nombre también guarda una referencia a la memoria del barrio. En ambos casos, los socios quisieron tomar distancia de los establecimientos anteriores sin borrar su huella. El nuevo proyecto no pretende fingir que allí nunca hubo nada, sino escribir otro capítulo sobre una historia que ya existía.

Un restaurante con aire industrial

El local conserva parte de su identidad arquitectónica y apuesta por una estética industrial, con materiales y elementos vistos que dialogan con el carácter de Arganzuela, un barrio conocido por acoger la fábrica de Mahou durante más de tres décadas. La intervención más importante se concentró en la cocina, que necesitaba crecer para poder trabajar con la carta que tenían en mente los socios.

Banchero, que desarrolla también una actividad relacionada con la arquitectura, participó directamente en el diseño y la transformación del espacio. “Todo esto lo hemos hecho nosotros, con nuestro estilo, con nuestras herramientas”, explica. En el proceso contaron también con consejos y ayuda de profesionales del entorno hostelero, entre ellos los de Alex Marín del Coso y Ofelia Sainz, copropietario y gerente de Lamucca, respectivamente.

La decoración, además, sigue evolucionando. El restaurante abrió sin algunos elementos previstos inicialmente, que se han ido incorporando a medida que el negocio lo ha permitido. Lámparas, plantas, estanterías y mobiliario han llegado progresivamente, en una reinversión constante que refleja la realidad de muchos proyectos independientes: hacer las cosas bien pero sin perder de vista las cuentas.

La barra también tiene pendiente completar su transformación, con un revestimiento de madera previsto para dar paso a una nueva etapa de coctelería. La intención es ampliar la oferta sin precipitarse y esperar a que el espacio esté preparado para hacerlo con garantías.

Lavanderas dispone de una sala con capacidad aproximada para unos 60 comensales, además de una terraza de unas doce mesas. El equipo ronda los ocho trabajadores, entre cocina y sala, a los que se suman los tres socios, que se reparten entre los dos establecimientos. La jefa de cocina y el encargado de Lavanderas son Wendy y Andrés, respectivamente, mientras que Sofía, responsable del diseño inicial de ambas cartas, ha participado en la construcción de la propuesta gastronómica.

El resultado busca ese equilibrio tan madrileño entre el restaurante al que se acude expresamente y el sitio al que uno entra porque le apetece tomar una copa, un pincho o algo de picar. Una casa alegre, sin excesiva ceremonia, donde la mesa invita a pedir varias cosas y la comida se convierte en una conversación que va pasando de un plato a otro.

La tortilla cremosa y otros platos que no dejan indiferente

En Lavanderas hay una protagonista que no necesita demasiadas presentaciones: la tortilla de patata. Es uno de los referentes compartidos con Peninsular y se prepara de la misma manera en ambos locales. Cremosa, con la cebolla confitada y una textura que busca el equilibrio entre el huevo y la patata, representa esa cocina aparentemente sencilla en la que cada detalle cuenta.

Banchero reconoce que la tortilla tiene mucho éxito. No es una sorpresa: pertenece a esa categoría de platos populares que parecen fáciles hasta que uno se sienta a prepararlos con la regularidad que exige un restaurante. Su presencia en la carta permite acercarse a Lavanderas desde lo conocido, antes de aventurarse hacia propuestas menos habituales.

Entre los favoritos personales de Leo figuran los buñuelos de espinacas con cheddar madurado. “Los buñuelos de espinaca me fascinan, me vuelven loco”, confiesa. Son una de esas elaboraciones pensadas para compartir, para abrir el apetito y para demostrar que las verduras —siempre que el producto lo merezca— pueden encontrar un lugar atractivo en una carta de vocación informal.

También merecen atención las gildas, con la posibilidad de elegir entre el matrimonio clásico de anchoa y boquerón o una versión de arenque agridulce. Las anchoas ‘00’, servidas con mantequilla ahumada y brioche caliente, proponen otra combinación en la que el producto salino se encuentra con la untuosidad y el pan. La ensaladilla rusa con mejillones escabechados, las croquetas caseras de jamón, el jamón de Guijuelo y el tomate aliñado con sardina ahumada y albahaca completan una sección de entrantes que se mueve entre el recetario popular y algunos guiños contemporáneos.

En la carta también aparecen las patatas bravas con alioli, los quesos de distintas procedencias y las zamburiñas. Son platos que encajan en una mesa compartida, donde cada comensal puede probar varias elaboraciones y la comida se convierte en una conversación que va pasando de un plato a otro.

Del chivito uruguayo a los tacos de carrillera

Si hay un plato que permite entender la biografía gastronómica de Banchero, ése es el chivito, una de las preparaciones más reconocibles de Uruguay. En Lavanderas se presenta como un bocadillo de solomillo, acompañado de bacon, queso y una mayonesa de la casa, dentro de un pan que los socios compran a un proveedor cercano.

“Amo el chivito”, dice Leo, que insiste en la importancia de la carne y de su textura. El solomillo se trabaja para que resulte tierno y fácil de morder; el conjunto busca ser contundente sin renunciar a la suavidad. Es una receta con raíces rioplatenses que encuentra acomodo en un restaurante madrileño sin necesidad de disfrazarse de otra cosa.

La carta amplía ese recorrido con el choripán, acompañado de mayonesa de chimichurri, y una entraña que se suma a la oferta de carnes. También hay hamburguesa con salsa de la casa y pollo crujiente al estilo coreano, servido con yogur, pepino y hierbabuena. La mezcla de referencias no responde tanto a una voluntad de acumular etiquetas como a la idea de ofrecer platos reconocibles, con personalidad y procedencias distintas.

Los tacos de carrillera elevan el nivel, mientras que los tacos gobernador combinan queso, langostino, chipotle, piña y cilantro. En ambos casos, el formato permite compartir y explorar sabores intensos sin convertir la comida en una sucesión rígida de entrantes y principales.

En el apartado de pescados, el sashimi de salmón flambeado, espectacular, introduce una elaboración de inspiración japonesa. La fideuá de calamar aporta un perfil más cercano al recetario mediterráneo, mientras que el vitello tonnato, con alcaparrón y parmesano, demuestra que la carta no teme incorporar preparaciones italianas. Las zanahorias asadas sobre hummus de naranja amplían las posibilidades para quienes prefieren una opción vegetal.

La pasta también tiene su espacio. En Peninsular, Banchero destaca especialmente los raviolones de espárragos trigueros con queso manchego y salsa meunière, una elaboración que considera entre sus favoritas. En Lavanderas, la carta incluye sorrentinos de jamón y queso y raviolones de acelga. “Como buen uruguayo, soy muy fanático de la pasta rellena”, explica, reivindicando un plato que ocupa un lugar especial en su memoria culinaria.

Para terminar, la oferta dulce incluye helados de chocolate, dulce de leche y sorbete de mango, además de un brownie con helado de banana split y el lemon pie. Un cierre desenfadado, acorde con la filosofía de la casa: comer bien, compartir y no complicar innecesariamente lo que debe ser un placer.

Peninsular, el hermano mayor

Aunque Lavanderas tiene personalidad propia, la experiencia de Peninsular ha sido fundamental para dar forma al nuevo restaurante. El primer local permitió comprobar que existía un público interesado en una cocina variada, con platos para compartir y una selección de vinos que escapase de los repertorios más previsibles.

Banchero recuerda que el plato estrella de Peninsular, además de la tortilla, es el tiradito de corvina. La elaboración incorpora una reducción con cebollino y soja, una mayonesa trabajada y un toque de trufa. Al principio, el propio Leo se mostró reticente a incorporar algunos de esos ingredientes, pues su familiaridad con la cocina peruana —estuvo residiendo durante una temporada en Lima— le llevaba a preferir preparaciones más clásicas.

“Al principio me parecían polémicos”, admite. Sus socios apostaron por mantener la receta y, cuando la probó, reconoce que tuvo que cambiar de opinión. La aceptación del plato entre sus clientes, incluidos amigos peruanos vinculados a la hostelería, terminó de convencerle. La anécdota resume una de las claves del proyecto: respetar las tradiciones sin convertirlas en fronteras infranqueables. La cocina puede dialogar con distintas culturas, siempre que el resultado tenga sentido y esté bien ejecutado.

La tortilla cremosa es el vínculo más evidente entre los dos restaurantes, pero también comparten una filosofía de carta abierta a distintas influencias. Lavanderas no es una réplica de Peninsular, sino una segunda interpretación de una idea que ya ha encontrado su público.

Vinos para descubrir

La gastronomía líquida tiene un papel importante en la propuesta de Banchero. Su interés por el vino nace, según explica, más de la curiosidad de un consumidor que de una formación técnica especializada. “Sé deducir perfectamente qué es lo que me gusta”, cuenta. A partir de ahí, se deja aconsejar y procura mantener una selección diversa.

Su objetivo es evitar las cartas en las que todo parece reducirse a dos denominaciones de origen. España ofrece una enorme variedad de zonas, variedades y estilos, y el restaurante quiere que esa diversidad llegue a la mesa. La selección incluye vinos de Madrid, Jumilla, Bierzo, Ribeira Sacra, Rueda, Rías Baixas, Rioja, Ribera del Duero y Toro, además de referencias internacionales de Argentina, Uruguay, Italia, Alemania y Francia.

Entre las propuestas figuran blancos de godello, albariño, verdejo y torrontés; tintos de mencía, garnacha, bobal, monastrell y tempranillo, además de opciones espumosas que incluyen cava y champán. El tinto uruguayo de uva tannat, de Garzón, conecta directamente con las raíces de Banchero. La posibilidad de pedir vino por copas forma parte de esa filosofía. “No tenemos ningún reparo en abrir una botella por una copa”, explica el copropietario. La idea es facilitar que los clientes prueben referencias distintas y descubran estilos que quizá no elegirían si tuvieran que pedir una botella entera.

La selección tampoco es estática. Leo, Juan y Araceli revisan las referencias, incorporan novedades y retiran aquellas que dejan de encajar con la propuesta. El vermú sigue la misma lógica, con distintas procedencias y una atención especial a productos menos habituales, como el vermú Flores que se elabora en Uruguay.

Para Banchero, la variedad es una forma de hospitalidad. Si el comensal quiere salir de los caminos habituales, la carta debe ofrecerle la oportunidad de hacerlo; si prefiere un vino conocido, tampoco tiene por qué renunciar a él. Esa convivencia entre referencias familiares y descubrimientos es parte de la personalidad de Lavanderas. La bebida no queda relegada a un acompañamiento secundario, sino que se integra en la experiencia gastronómica y amplía las posibilidades de cada plato.

Un proyecto que crece sin perder el barrio

Abrir un segundo restaurante en menos de un año puede parecer una carrera contrarreloj. Para los socios de Lavanderas lo ha sido. La oportunidad surgió pronto, la negociación exigió rapidez y las obras obligaron a compaginar decisiones empresariales, trabajo cotidiano y una nueva organización del equipo.

Por eso, cuando se le pregunta por una posible tercera apertura, Banchero responde entre risas: “Yo espero que no. Ahora, por salud mental, espero que no”. La frase tiene bastante de broma, pero también refleja el esfuerzo que supone consolidar dos negocios y conseguir que ambos mantengan el nivel de atención y cocina que buscan sus responsables.

El apoyo y los consejos de profesionales con más recorrido en la hostelería madrileña han sido importantes durante el proceso. Aun así, Leo tiene claro que cada empresa debe encontrar su ritmo y que no conviene compararse con grupos que juegan en otra escala. La prioridad pasa ahora por afianzar los dos restaurantes, seguir mejorando sus instalaciones y ajustar la oferta a lo que demandan los clientes.

Lavanderas aspira a crecer, pero sin perder la cercanía que explica su origen. El nombre mira al pasado del Manzanares; la carta viaja por Uruguay, Perú, Italia y Asia; los vinos recorren distintas regiones y la tortilla devuelve al comensal a un terreno familiar. Todo convive en una casa de Arganzuela que quiere ser restaurante de destino, barra de confianza y lugar de encuentro para los vecinos.

Al final, esa es quizá la mejor manera de entender el proyecto de Juan, Leo y Araceli. No han inventado una nueva forma de comer ni pretenden hacerlo. Su apuesta consiste en reunir buenos platos, curiosidad gastronómica y una hospitalidad sin demasiados aspavientos. Y en una ciudad que no deja de cambiar, como lo es Madrid, mantener esa combinación ya es una forma de carácter.

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